En Venezuela sabemos de sobra lo que significa un poder Ejecutivo todopoderoso, operando sin ningún contrapeso.  Pero no somos el único país que se da cuenta de lo peligroso de esta tendencia a crear superpresidentes que se presenta en todo el mundo.  Trevor Burrus, del Centro para Estudios Constitucionales del Cato Institute,  explica que la acumulación de poder en el ejecutivo lograda por George W. Bush y Barack Obama hacen que sea más preocupante la llegada a la presidencia de alguien de carácter impredecible como Donald Trump. Aquí el texto:

“Ya pasó.

No se preocupe, nuestro país es lo suficientemente fuerte para lidiar con lo que podría estar por venir. Sin embargo, nuestra Constitución desafortunadamente tiene algunas lagunas en ella, muchas de las cuales fueron creadas por las últimas dos administraciones y permiten que los presidentes ejerzan poderes sorprendentemente amplios. Con gusto recibiremos el retorno a nuestro bando a nuestros amigos de izquierda que han pasado ocho años respaldando al poder ejecutivo.

Ellos se resistían al poder ejecutivo durante la administración de Bush, y volver a la carga debería ser como volver a conducir una bicicleta. Esperamos que se nos unan personas de principios de la derecha, quienes comprenden la necesidad de tener límites constitucionales. Quizás, en el proceso, podemos crear un nuevo consenso alrededor de limitar el poder ejecutivo.

El gobierno constitucionalmente limitado existe para proteger la libertad de los ciudadanos de las vicisitudes del gobierno democrático. Los redactores de la Constitución sabían que una persona del calibre de George Washington no siempre sería electa a la presidencia. Sabían acerca de la demagogia y el populismo. James Madison, en particular, temía cómo los votantes en los estados podían ser persuadidos en olas de populismo furioso y, en el proceso, adoptar políticas públicas que perjudiquen la prosperidad a largo plazo y la libertad de las personas.

Desafortunadamente, luego de un siglo o más de erosión, nuestra Constitución no limita al gobierno de la forma en que lo hizo alguna vez. En particular, el presidente es increíblemente poderoso, y es capaz de tomar decisiones significativas sin los adecuados pesos y contrapesos. Los demócratas querían este poder cuando el Presidente Obama estaba en la presidencia, pero los poderes del ejecutivo, especialmente después del Presidente Obama, ahora son realmente preocupantes dado que estarán a disposición de alguien tan impredecible como Donald J. Trump.

Aquí hay un principio básico del buen gobierno: no respalde un poder estatal que no quisiera que sea ejercido por su peor enemigo político. Los demócratas pronto estarán aprendiendo esa dolorosa lección.

El legado más preocupante de Obama fue utilizar la inacción del congreso como una justificación para emitir órdenes ejecutivas de gran envergadura. En los casos de inmigración de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) y Acción Diferida para Padres de Estadounidenses y Residentes Legales (DAPA, por sus siglas en inglés), el presidente decidió que, si el Congreso no hacía algo acerca de la inmigración, entonces él lo haría. Este es un argumento sorprendente para ejercer el poder unilateral en un sistema constitucional que depende de los pesos y contrapesos, y debería importar ya sea que esté de acuerdo o no con el resultado de la política. No obstante, los demócratas, en su gran mayoría, respaldaron las acciones de Obama.

Obama también utilizó la inacción del congreso como una justificación para decidir si el Senado estaba en sesión. Luego de que sus nominados a la Junta Nacional de Relaciones Laborales (NLRB, por sus siglas en inglés) y al Buró de Protección Financiera del Consumidor(CFPB, por sus siglas en inglés) fueron bloqueados por el Senado, el Presidente utilizó su poder de asignación durante receso —el cual le confiere al presidente la habilidad de designar funcionarios ejecutivos durante los recesos del Senado— para presionar por sus nominados. Al hacerlo, él esencialmente declaró que las sesiones del Senado, que fueron sesiones simuladas utilizadas primero por Harry Reid para bloquear aquellos nominados por el Presidente George W. Bush, no eran sesiones “reales” del Senado. Fue una movida atrevida, irresponsable, sin precedente, y peligrosa que fue rechazada de forma unánime por la Corte Suprema. En muchos tipos de extralimitaciones del ejecutivo, sin embargo, la Corte Suprema no será capaz de intervenir de igual forma. Si Obama se atrevió a presionar por esas nominaciones, imagínese qué tan lejos podría llegar Trump en otras cuestiones.

Finalmente, el congreso no ha declarado una guerra desde la Segunda Guerra Mundial. Corea, Vietnam, la primera guerra en Irak, la segunda guerra en Irak, y Afganistán, todas fueron libradas sin obtener la constitucionalmente requerida declaración de guerra del congreso. Actualmente, tenemos la Autorización para el Uso de Fuerza Militar, firmada una semana después de los ataques del 11 de septiembre y utilizada después de eso por dos presidentes para luchar contra “terroristas” donde sea que ellos deseaban hacerlo. El Presidente Trump tendrá ese poder también, lo cual debería preocuparle a cualquiera.

Como casi cualquier presidente, el Presidente Obama definió un nuevo punto de partida para el poder ejecutivo. Ahora ese poder será entregado a Donald Trump, y los grupos de izquierda como nuestros amigos en el Constitutional Accountability Center probablemente estarán en nuestro lado cuando el Instituto Cato inevitablemente publique alegatos oponiéndose a las futuras extralimitaciones de Trump en el poder ejecutivo. Trataré de contenerme para no decirles ‘Les dije'”.

Tomado de ElCato.org.

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