En su libro “Pérdidas y Ganancias”, Ludwig Von Mises, reflexionaba sobre la relación del comunismo con la pobreza en los siguientes términos:

Un método habitual de ocuparse de los programas y movimientos políticos es explicar y justificar su popularidad refiriéndose a las condiciones que la gente encuentra insatisfactorias y los objetivos que trata de alcanzar con la puesta en marcha de estos programas. Sin embargo, lo único que importa es si el programa referido es apropiado para conseguir los fines buscados.

Un mal programa y una mala política no pueden explicarse nunca y menos justificarse apuntando a las condiciones insatisfactorias de sus originadores y defensores. Lo único que importa es si estas políticas pueden o no eliminar o aliviar los males que pretenden remediar. Pero casi todos nuestros contemporáneos declaran una y otra vez: Si quieres tener éxito en combatir al comunismo, el socialismo y el intervencionismo, debes primero mejorar las condiciones materiales del pueblo.

La política de laissez faire se dirige precisamente a hacer más próspero al pueblo. Pero no pudo tener éxito al verse empeorada cada vez más por medidas socialistas e intervencionistas. A muy corto plazo, las condiciones de una parte del pueblo pueden mejorarse expropiando a los empresarios y capitalistas y distribuyendo el botín. Pero esos caminos depredadores, que incluso el Manifiesto Comunista describía como “despóticos” y como “económicamente insuficientes e injustificables”, sabotean el funcionamiento de la economía de mercado, empeoran enseguida las condiciones de todo el pueblo y frustran la labor de los empresarios y capitalistas por hacer más prósperas a las masas.

Lo que es bueno por un instante que se desvanece rápidamente (es decir, al más corto plazo), muy pronto (es decir, a largo plazo) genera las consecuencias más perjudiciales. Los historiadores se equivocan al explicar el auge del nazismo refiriéndose a las adversidades y dificultades reales o imaginarias del pueblo alemán.

Lo que hizo que los alemanes apoyaran casi unánimemente los veinticinco puntos del programa “inalterable” de Hitler no fueron algunas condiciones que consideraran insatisfactorias, sino su expectativa de que la puesta en marcha de su programa eliminaría sus quejas y les haría más felices. Acudieron al nazismo porque les faltó sentido común e inteligencia. No fueron suficientemente juiciosos como para reconocer a tiempo los desastres que el nazismo estaba condenado a producirles.